Recuerdo
que a veces me llamaba
en una voz que no se parecía
a la suya
a la suya
Acaso como un eco
su voz decía
Afuera, la noche y una erinia que espera
Yo me acercaba
y le sostenía la mano
Le decía que todo estaba bien
que no me había ido
Ahora sostengo
una taza
o el papel donde escribo
Y a veces temo
que mi madre ya no esté
en la memoria del mundo
y sea esta desesperación
la que marque mi ritmo
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